Miércoles, 10 de mayo, 2017
¿Yo, un fanático de Dios?
¿Cómo llamaríamos a una persona que luce con orgullo la camiseta de fútbol de su equipo favorito, comparte con entusiasmo e intercambia con sus amigos las fichas (barajitas) de los jugadores del equipo, que nunca se pierde un partido de su equipo ni por la televisión o hace todos los sacrificios posibles por ir a un partido en vivo, y que además participaría activamente en las actividades promocionales del equipo para atraer más gente al deporte y, por supuesto al equipo?
            Otra pregunta, ¿pensaríamos que esa persona está perdiendo su tiempo, además de dinero; o que por apoyar a su equipo favorito, lo asociamos inmediatamente a las barras violentas del estadio?
            La respuesta a la primera pregunta es obvia: es un fanático deportivo; la segunda pregunta podría arrojar distintas respuestas pero muy probablemente pensaríamos que la persona no está haciendo nada malo; si está invirtiendo tiempo y dinero es porque disfruta de su afición; y, que si asiste a los juegos en vivo no necesariamente va a causar destrozos al estadio ni a lastimar a los jugadores del equipo contrario. Eso sólo lo hacen los violentos y los que deben tener algún desequilibrio mental o emocional.
            De esta misma manera hay gente aficionada a la comida japonesa, a coleccionar cosas, a la pintura, a un grupo de música, al ejercicio físico, etc.
            En resumen no se percibe como malo o perjudicial que uno se vuelva fanático de algo; eso sucede en todas las edades, hasta trasciende grupos sociales y raciales. De hecho, las grandes franquicias de algunos deportes invierten millones de dólares para crear más fanáticos a nivel global. En resumidas cuentas, no hay  nada de malo en eso, es sano que le dediquemos tiempo a actividades que nos apasionan y que, a la vez, nos entretengan del estrés de la vida diaria.
                Según la Real Academia Española, fanático se define como: “una persona que defiende con tenacidad desmedida sus creencias u opiniones. Un fanático también es aquel que se entusiasma o preocupa ciegamente por algo.”
            El punto es que si no se percibe como algo dañino ser fanático deportivo o de algo en particular, ¿por qué, en cambio, no se puede ser un fanático religioso? ¿Por qué la gente tiene miedo a expresar públicamente su devoción a Dios, o que se reúne un grupo para conocer y discutir sobre la obra, amor y misericordia de Dios, o que prefieren ir a misa con sus hijos en vez de ir a un partido de baloncesto? ¿Por qué no usamos una camiseta con algún mensaje espiritual?
            Muy a menudo, cuando se oye que se hace alusión a Dios y a sus enseñanzas en medio de una reunión, existe la tendencia a notarse intercambios de mirada entre la gente de que uno de ellos “huele” a fanático religioso y empiezan (inconscientemente) a excluirlo del grupo. Es decir, en este contexto particular ser “fanático”  se usa de manera peyorativo, denota un sentido desfavorable.
Este fenómeno podría tener dos lecturas interesantes: La primera, es que se crea que ser fanático religioso lleva a la gente a convertirse o ser identificado como extremista religioso. Aquellas personas que detonan bombas en nombre de Dios, no tienen nada de espiritual ni religioso. Lo más probable es que requieran apoyo psicológico, emocional o neurológico. Dios exige que amemos al prójimo como uno de sus principales mandamientos,  no que atentemos contra el bienestar físico ni moral de ellos. Lamentablemente, la gente confunde el fervor religioso, con aquellas manifestaciones extremistas nocivas que obedecen a intereses políticos e ideológicos muy particulares.
La otra lectura, y sin duda la más común, pudiera ser que la presión de grupo es mucho más fuerte que nuestra necesidad de evolución espiritual; no es “in” creer, hablar o defender a Dios, y mucho menos si se quiere formar parte del grupo.   Este hecho, aunque no lo crean, es una de las más poderosas razones que no nos permite siquiera intentar conocer quién es Dios para nosotros, ni mucho menos quiénes somos nosotros para Él.  Es bien particular que en esta situación, decir que se es un creyente religioso es signo de debilidad. En un mundo tan “autosuficiente” es un descrédito decirles a los demás que se logró superar momentos de pruebas difíciles gracias a la ayuda divina.
Al parecer, se requiere de valentía, integridad moral, suficiente autoestima, consciencia de sí mismo y sobretodo mucho amor hacia Dios poder llegar a ser un fanático religioso. Soy fanática de muchas cosas en la vida, y procuro esmerarme mucho más en ser fanática de Dios porque, al fin y al cabo, los beneficios los lleva mi alma hasta la eternidad.

¿Y tú, te atreverías a ser un fanático de Dios?

Namasté,

Mâtâ-Lakmī-putrî

Pue Fang Fung: twitter: @puefang
Facebook: Pue Fang Fung Wong


Nota: documento reeditado del documento original publicado el  24 de junio de 2013 en http://puefang.blogspot.com/2013/06/yo-un-fanatico-de-dios.html

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